Historia en tándem

Literatura, humor Un comentario »

(uno de esos correos…)

 

“El profesor dijo: Hoy vamos a experimentar con una nueva forma llamada “historia en tándem”.

El proceso es simple. Cada persona se emparejará con la persona que se sienta a su lado. Uno de ellos escribirá entonces el primer párrafo de una historia corta. Su compañero leerá ese primer párrafo y añadirá un segundo párrafo a la historia. Después, la primera persona añadirá el tercer párrafo y así sucesivamente. Recordad releer lo que se ha escrito cada vez para mantener la coherencia de la historia. Está absolutamente prohibido hablar; la única comunicación entre ambos miembros de la pareja la constituye lo que hay escrito en el papel. La historia termina cuando ambos estén de acuerdo en que lo ha hecho.”

Esto que sigue lo presentaron dos de mis alumnos de lengua: Rebecca y Gary (no voy a poner sus apellidos).

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¿Qué es eso? ¿Un templario? ¿Un illuminati? ¡No! ¡Es un tontiploster!

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De las mejores parodias de programas de misterio que he visto. Lo clavan:

Ya sabemos de qué irá la próxima novela de Don Marrón…

Te quiero… pero sólo como amigo

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¿Y si el tiempo se parase?

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¿Qué cara pondrías si el tiempo se congelara ante tus narices?

Sobre España en Eurovisión

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Que la canción ganadora haya sido la de un humorista me parece un asunto menor. Habiendo visto casi toda la gala, lo que más me preocupa es que los demás supuestamente iban en serio.

Conceptos de vida emocionante

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angry_old_woman.jpgLo veo cada vez que voy al supermercado, y seguro que quienes lean esto y pasen habitualmente por lugares de esa calaña me dan la razón. Con toda la compra en el carro, la cesta o los brazos, te dispones a pagar (aquel día sólo era el pan). Es por la mañana, con amplia presencia femenina de avanzada edad. A la misma distancia del mostrador pero en el extremo opuesto se encuentra una señora mayor con sus bártulos, que presumiblemente también ha terminado por allí. Se percata de tu presencia, y mirando intermitentemente a la cajera y a ti, ceja en alto, ata cabos. La cola para pagar es larga, y nadie desea pasar allí más tiempo del estrictamente necesario.

Alguna fuerza oculta se apodera de ella y emprende entonces una carrera de fondo visceral, elemental, en plan ella o yo: un puesto más atrás en la cola puede suponer la muerte por inanición (y no es broma, sobre todo porque tienen tres cajas pero sólo suelen dejar a una dependienta). Soy más rápido sin tener que esforzarme, pero la gente se abre más fácilmente a su paso. Sorpresivamente, y ahí me cogió bien, le entra un repentino sobreesfuerzo al transportar su cesto verduril y pide ayuda al tipo del final de la cola, de forma que aunque yo ya iba más cerca, el amigo ya le estaba dejando su cesta justo tras de sí. Osea, sin haber llegado ella ya tenía clavada la bandera. Cuando la superabuela en cuestión llegó, lo hizo entre suspiros parecidos a estertores de muerte, agradeciendo al hombre el haberle llevado la cesta, y echando un vistazo furtivo a mis pies, no fueran a cruzar la imaginaria línea que ya existía entre nosotros.

Pero hete aquí que el hombre también se percató de que mientras ella (y los siguientes) llevaba bulto, yo tan sólo agarraba una bolsita con tres panes. Es de costumbre en el super solidarizarse con quien lleva poca cosa en la cola. Así pues, y dando por sentado que la superabuela estaba deacuerdo, el colega me hace señas para que pase con la bolsa por delante de él. Al darse cuenta, a la entrañable señora se le corta de cuajo el resuello acelerado que llevaba, soltando un “pasa miniño” perfectamente canjeable por un pisotón o una zancadilla. Al volver la mirada cuando salía de allí, la señora fulminaba con los ojos a la que le precedía en la cola, que estaba amenazadoramente colocada en diagonal, casi a su lado.

Moraleja: la vida del jubilado es aburrida, por lo que las emociones fuertes pueden aparecer en cualquier parte. Tú piensas que vas a comprar el pan, pero realmente participas en una batalla campal por tu supervivencia en la que no sabes nada. Aquel día tuve suerte. Nunca te interpongas entre una persona mayor con determinación y su objetivo.

Los astronautas también hacen el gamba

espacio, humor 3 Comentarios »

Igualmente tienen derecho. Y como en La Tierra, cuando haces el gamba en La Luna también te puedes dar un ostión (a cámara lenta, eso sí). Y es que andar a un sexto de nuestra gravedad puede ser un deporte de riesgo (extraído del documental For All Mankind):

El virus de la biblioteca

humor 6 Comentarios »

Estoy usando el ordenata de la biblioteca. En el ordenador de al lado, hay un individuo que parece frustrado. Está en la pantalla de entrada de Windows, mirando el monitor como si contra él jugara una partida de ajedrez telepática. ¿Sabes la clave del rollo este? Me pregunta. En conserjería te la dan. El hombre se va y al rato regresa, con un pedazo de papel escrito. Vuelve a teclear concentrado. Chasquea la lengua, suspira molesto, apaga la pantalla y la vuelve a encender. Se ve que no le va bien. Mira concentrado el papel, luego el monitor e intenta de nuevo. Sigue manifestando sonoramente su molestia, y el que está al otro lado, empieza a mirarle de cuando en cuando (estamos en una biblioteca). ¿Cómo se hace lo del guión bajo? Le explico. Entra al fin en Windows y da un suspiro de alivio. Vuelvo a lo mío.

 Chasquidos, suspiros, maldiciones por lo bajo… otra vez. Pero lo que más me desconcierta es eso de apagar la pantalla y volverla a enceder (es como lo de mañana será otro día pero en breve). Estos son monitores burbuja de los de antes (equipos viejos), y tienen un sonido de encendido parecido al de cuando haces salir al sable láser. Y claro, ya tiene nervioso al personal. Además se mueve mucho en el asiento, es como si le picara el culo y no se pudiera rascar. Entonces le suena el móvil, y se pone a hablar con normalidad. Alguien sisea y el hombre baja un poco la voz, pero nos enteramos de toda su vida. Si, luego recojo a los pives. Nada, la mierda esta que no funciona y me tiene hasta los cojones. Su enfermedad se contagia, y todos empiezan también a chasquear, suspirar, retorcerse en el asiento -darle al monitor no, eso sí-… ¿Podrías hacer algo menos de ruido? Le dijo uno de los que ya no le quitaba ojo, y el hombre, aún con el teléfono en la oreja, le mira, nos mira a todos, mira a la pantalla, la apaga y la vuelve a encender para asegurarse, y suelta: Pues a tomar por culo la mierda esta y todos ustedes. Luego, yendo a la puerta, le oímos decir Sí, tú también, joder.

Tiembla Rex, que vienen Lucky y Flo

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Titular de La Voz de Galicia:

Llegan a España Lucky y Flo, la brigada antipiratería

Son dos perras de raza labrador que detectan en los aeropuertos discos ópticos no declarados.

Es que esos huelen diferente, ¿saben? Tengan mucho cuidadito con los chuchos, que han costado ocho meses de formación en el Reino Unido y una inversión de cerca de 13.000 euros, y ahora llegan a España.

Robin Hood no viaja en avión

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[...] la paranoia gringa llevada al límite por una Europa cantamañanas que se lo traga todo sin rechistar. No hay mejor prueba de lo idiota del sistema que el cuchillo y el tenedor de acero que en clase ejecutiva entregan con la bandeja de la comida tras haberte despojado previamente, en el control de tierra, de las horquillas del pelo y el cortaúñas. Como si los terroristas y los malos viajaran sólo en clase turista.

[...] lo mejor de lo último lo presencié hace dos días en el aeropuerto de Barcelona, y les juro que parecía una encerrona de cámara oculta. Un chico joven que venía de algún país exótico traía un arco en la mano: muy bonito, artesanal. Un arco del Amazonas o de por allí. Yo iba detrás, y mientras esperaba turno en el control, observé que el vigilante de seguridad estudiaba el arco, indeciso. Luego miraba al chico, y otra vez el arco. «Esto no puedes llevarlo», dijo al cabo. El chico preguntó por qué, y el otro aclaró: «Es demasiado grande, y además es un arma». Durante quince segundos, el chico miró al otro como digiriendo la cosa. «Es un arco», dijo al fin. «Eso es» –respondió el vigilante con implacable lógica–. «Y un arco es un arma». El chico reflexionó durante otros diez segundos. «Pero no llevo flechas», repuso. Mientras yo intentaba imaginarlo secuestrando un avión al grito de «Alá Ajbar» con un arco y unas flechas, el vigilante hizo un gesto ambiguo, como diciendo: «Vete a saber lo que podrías usar como flechas». En ésas, como había mucho pasaje esperando y nos amontonábamos en el control, se acercó un guardia civil, y el vigilante le explicó el problema. La imagen del picoleto perplejo, arco en mano, meditando sobre cómo aquella arma letal podía convertirse a bordo de un avión en arma de destrucción masiva –podía dispararle un yogur caducado al piloto, concluí al fin, o estrangular a una azafata con la cuerda–, no se me olvidará mientras viva. Al cabo, movió la cabeza. «Ni tirachinas, ni arcos, ni armas arrojadizas –zanjó–. Tienes que facturarlo». El chico puso cara de angustia. «Es que mi avión sale dentro de media hora», arguyó. El guardia civil lo miró impasible. «Pues espabila», dijo. Y mientras veía al chico correr desesperado camino de los mostradores, arco en mano, pensé: mierda de tiempos. Robin Hood no podría viajar en avión.

Completo.

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